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© Vivir en el adulto
Saliendo del papel de víctima y
del de perpetrador
MARZO 2012

 

 

El adulto puede mirar a su ego sin asustarse, pues quiere ver lo que hay detrás, para trascenderlo desde su propia responsabilidad, sin culpar a nadie por ello. La víctima y el perpretador no están dispuestos a “ver”, a menos que quieran posicionarse en el adulto.

Muchos de nosotros nos hemos sentido víctimas muchas veces cada vez que hemos entrado en la “queja” y en la pataleta del niño pequeño, creyéndonos con absoluto motivo para ello, pero ¿qué hemos conseguido? Lo cierto es que “depende” de cómo la persona que tenemos al lado reaccionara ante tal pataleta. Si esa persona está en nuestra misma vibración y se deja manipular por nuestro victimismo, se sentirá identificado con nosotros, y nos dará la palmadita en la espalda permitiéndonos centrarnos todavía más en la queja del niñ@ herido que todos llevamos dentro. Y de esa forma, no hemos permitido al niñ@ crecer ni darse cuenta que puede tomar las riendas de su vida en cuanto quiera, en cuanto lo decida, simplemente poniéndonos en la posición del adulto, haciéndonos responsables de nuestras decisiones sin culpar a nadie por ello.

Si la persona que tenemos al lado no se deja seducir por nuestro papel de víctima, puede que en un primer momento se haya intensificado la pataleta porque cuando estamos en este rol nos molesta que no nos den la palmadita en la espalda ni nos den la razón. Y a su vez, eso hace que nos alejemos de las personas que no nos siguen la corriente, cuando en realidad, al no hacerlo, nos están haciendo un favor, y esto al ego le resulta difícil reconocer.

También puede que no seamos del estilo de estar en esta posición descrita, pero sí que nos dejemos seducir por personas con ese tipo de comportamientos. En cualquier caso, es lo mismo, pues si me dejo seducir es que yo estoy vibrando de la misma manera, y al estar en la misma frecuencia, nos atraemos. De no ser así, esa persona no entraría en mi campo de realidad.

Al sentirnos víctimas también se fortalece el deseo inconsciente, aunque muchas veces también consciente, de querer ser el perpretador, es decir, de ser también quien haga un daño bajo el argumento de “esto no es justo”, “no lo voy a consentir”, “se va a enterar” ó “estoy en mi derecho”. Pero hay que mirar si esto que a veces llamamos “límites”, se producen desde el rol de víctima-perpretador o desde el adulto. Una de las maneras que tenemos de darnos cuenta, es que desde la posición de adulto te ves igual que el otro, ni más grande ni más pequeño, ni por encima ni por debajo. El perpretador busca sentirse más grande para que no le hagan sentir pequeño, para no rememorar su sensación de cuando se sintió una víctima, pero de esa forma causa un daño a la otra persona y así mismo, pues se perpetúa el ciclo de la culpa. De la misma forma, la víctima también causa daño desde el momento en que culpa a los demás de lo que le ocurre. Nadie sería bueno ni malo, si todos intentáramos asumir nuestra parte de responsabilidad, y por tanto, posicionarnos en el “adulto”. Pues ser “bueno” o “malo” es sólo una cuestión de juicios, y los juicios, son parte del ego.

Cuando nos posicionamos en el rol de víctima-perpretador somos especialistas en pasar la pelota de un tejado a otro, de una persona a otra. Muchas veces esto ocurre porque uno no tolera la culpa que siente y entonces se la pasa al otro. El adulto asume que quiere dejar de pasar la pelota, entonces cuando le vuelve a llegar de rebote, la coge, se la queda, la mira, y se pregunta “¿Qué puedo hacer yo ahora con esto?” ¿qué hago yo ahora con esta pelota que se ha ido hinchando durante tantos años y que ha pasado por tantas manos hacia las que yo la he lanzado?

La persona que está en la posición del adulto no juzga y no busca culpables. Ya trabajó y continúa trabajando si hace falta, su propia culpa, por tanto la puede tolerar cuando le aparece delante, sin necesidad de volcarla sobre otro. El adulto identifica la culpa cuando aparece, sabe que pertenece al ego, e intenta no dejarse dominar por ella; poco a poco, es un proceso.

Tanto la víctima como el pertretador, echan balones fuera y ven la causa de lo que les va mal en su vida fuera de ellos. Mientras estamos metidos en ese cículo vicioso no asumimos nuestra parte de responsabilidad, y asumir nuestra responsabilidad, es hacer nuestro aprendizaje, sin pensar en el aprendizaje que tienen que hacer los demás. Cuando estoy más pendiente de los demás que de mí, me estoy olvidando de lo realmente importante, YO. No en un sentido egocéntrico, sino en el sentido de que la solución tiene que partir de mí, si no continuaré esperando que la solución venga de los demás, pensaré que mis problemas se solucionarán cuando los demás cambien, y realmente el cambio y el bienestar está en uno mismo. “Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo”, que decía M. Ghandi.

Todo lo que hay fuera es un espejo de lo que tenemos dentro, por tanto si una situación no me gusta, o una determinada característica de cierta persona me incomoda con una cierta intensidad, no me tengo que centrar en lo que el otro tiene que cambiar, sino en que hay algo en mí que está resonando con eso que está fuera, y por tanto lo que hay fuera cumple el papel de “espejo”. Sólo así podemos asumir nuestra responsabilidad y co-crear la realidad que queremos vivir.

Ser adulto no es una cuestión de edad, sino de haber hecho una serie de tomas de consciencia y por tanto, es una actitud ante la vida. Ser adulto es responsabilizarte de tus actos y asumir las consecuencias de los mismos, sin culpar a nadie y sin sentirte culpable, pues la culpa también es un sentimiento infantil, al igual que los miedos, que no nos dejan hacer lo que popularmente llamamos “coger el toro por los cuernos”, es decir, mirar a los problemas, situaciones o retos, de frente. Desde el adulto, los llamados “problemas” son transformados en trampolines donde no buscas cambiar el exterior sino transformarte a ti mismo.

Cuando estamos en la posición de víctima o del perpretador, en el fondo buscamos que los demás nos resuelvan la vida, y pasamos de un polo a otro sin darnos cuenta. Es decir, quien es víctima también es perpretador, aunque se resista a creerlo, pues ambos son los polos de una línea continua, donde en el medio, está el equilibrio, y es allí donde podemos encontrar al adulto.Cuando nos paramos en ese equilibrio, es desde donde podemos crecer, y sanar todo aquello que nos lleva a fluctuar de un extremo a otro. A veces esta toma de conciencia puede empezar por unos segundos, luego minutos, hasta que nos hacemos conscientes de en qué situaciones de nuestra vida no hemos sido todo lo víctima que nos hemos creído y nos hemos pasado al extremo del perpretador en décimas de segundo casi sin darnos cuenta. Y para hacer esa toma de conciencia, podemos hacer un ejercicio tan sencillo como visualizar a esa persona con la que tenemos un determinado conflicto y decirle: “YO SOY IGUAL QUE TÚ”. Al decir esta frase, podremos ver si nos sentimos serenos, o si aparecen emociones que nos hacen sentir incómodos. También observaremos un dato importante, que es si vemos a esa persona más grande o más pequeña que a nosotros. Podemos repetir este ejercicio varias veces hasta que nos visualicemos a la misma altura que la otra persona.

Mientras sigamos pensando que somos mejores o peores que los demás, seguiremos estableciendo una línea de separación entre yo y el otro, en vez de tender a la Unidad que es donde se establece la verdadera reconciliación, no sólo con el otro, sino cada uno consigo mismo. No importa el polo en el que te encuentres, ya sea éste el de víctima o el de perpretador, ambos son iguales, las diferencias están en la mente. En esencia somos lo mismo, es nuestro ego quien no nos permite verlo cuando nos enredamos en el juego de sentirnos culpables o de culpar a los demás. Lo importante es tomar consciencia, y desde ahí, cada uno realizar los cambios que considere pertinentes. ¡Así, alcanzaremos la Unidad!

Cristina Cáceres Mangas